Crónica Criminal


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"El Castigo"
Cesar Castro odiaba las matemáticas tanto o más que el resto de sus compañeros de clase. No por los problemas matemáticos o ecuaciones insolubles, sino por el Profesor Garza, quien le reprobó todos sus exámenes, condenándolo a cursar de nuevo la materia.

Desde el primer día Cesar sintió que no le agradó al profesor. Y esa sensación fue certeza cuando además de reprobarle comenzó a castigarlo, reteniéndolo en el salón de clases por largas tardes bajo cualquier excusa y el poder que como autoridad escolar posee.

Ana María había perdido cuatro de sus clases de piano por estar en la escuela hasta tarde castigada por el profesor de matemáticas. Ella no tenía culpa de notar los errores que el profesor cometía y hacerlos saber a todos. Después de todo estaban allí para aprender.

Desde que corrigió al profesor señalándole que el resultado que había escrito en la pizarra no era treinta y dos sino treinta y seis, además de los injustificados pero igual cumplidos castigos, Ana había comenzado a recibir también menores calificaciones, que comenzaron a afectar su trabajado promedio perfecto.

El profesor Garza era el dolor de cabeza semanal de Paúl. Era la segunda vez que cursaba la materia con el desgraciado, y por las calificaciones que llevaba hasta el momento, todo parecía indicar que lo vería de nuevo después del verano.

Se sentía estancado. Recursar una materia, matemáticas específicamente, era algo que podía sobrellevar penosamente. Pero recursar todo un año de estudio era inconcebible, al menos de nuevo. Era la segunda vez que cursaba este grado y le estaba yendo bastante bien en comparación a su pasado, a pesar de las notas, los castigos y notificaciones negativas que el profesor de matemáticas se empeñaba en lanzar como bolas de barro sobre su renovado expediente escolar. Si por Garza debía repetir el año escolar por tercera vez, no sabría que sería de él…

Cesar dejó caer sin quererlo una hoja de papel que se deslizó hasta el asiento de Ana María, y fue Paúl quien la recogió y le preguntó a Ana, quien estaba a su lado, si esa hoja se le había caído. El profesor Garza dio un golpe en el escritorio y se puso de pie.

- Ustedes tres de nuevo. Distrayendo a sus compañeros. ¡De nuevo tendré que castigarlos! Se quedarían aquí conmigo por la tarde.
- Pero…
- Esto... No voy a discutirlo. Continuemos…

Y la clase continuó hasta la hora de salida en la que todos se fueron menos los dos chicos y la muchacha que el profesor había sancionado.

Una hora y media pasó desde que el injusto y silencioso castigo comenzó. El profesor desde el escritorio contemplaba a los tres jóvenes magnificentemente, mientras ellos cabizbajos hacían crecer el rencor hacía él, su castigador.

- Al parecer les encanta verme ¿cierto?. Castigo tras castigo, error tras error. Ustedes no pueden continuar de esta manera chicos. Tendrán que aprender así sea necesario verlos de nuevo el próximo año en este mismo salón – dijo y sonrió.

Ana María alzó una preocupada mirada y buscó la de sus otros dos castigados compañeros. Cesar se había levantado y estaba cerrando la puerta del salón con seguro, mientras que Paúl la miraba cómplice. Ella tomó el compás que guardaba en su bolso y se levantó junto a Paúl quien ya tenía un bolígrafo de tinta negra en mano...
II

Las clases en la escuela secundaria del sur fueron canceladas repentinamente durante una semana, posiblemente más. Y es de entenderse. Necesario y suficiente es el tiempo para calmar el asombro de todos por la expulsión de tres de los estudiantes de la escuela y las manchas de sangre difíciles de quitar del pizarrón y el piso del salón número cinco.



La noche era fría y acogedora, la cena estaba servida y Camila y sus dos amigas ya degustaban del plato de conejo con mostaza que había preparado el viejo chef antes de retirarse de la casa y dejar a las tres damas solas ese viernes para su íntima reunión casual.

Camila era millonaria por viuda. Y sus dos amigas también eran consecuencia de ese matrimonio. Las conoció en una de esas tantas reuniones a las que su marido asistía para beber champán, hablar sobre negocios, y lucirla como a un trofeo. Sandra y Ada eran viudas de millonarios como ella. Eran un hermoso trío de jóvenes mujeres solas que rondaban los treinta años de edad.

Se reunían a cenar todos los viernes de cada semana desde hace un año y varios meses. La primera cena fue un intento de Sandra y Ada para alentar a Camila, quién había perdido su esposo ahogado en las costas de Croacia en aquellas vacaciones.

Las cenas se hicieron una placentera costumbre, pero tomó verdadera significación cuando dos meses después de esa primera reunión, el esposo de Sandra murió atropellado, bajo misteriosas circunstancias. Esa misma semana: Camila y Ada organizaron una gran cena con mucho salmón y vinos, para consolar a su amiga.

Al mes siguiente, murió el esposo de Ada electrocutado y el ritual sanador se hizo aún más fuerte y magno. Caviar y varios postres sirvieron esa noche de ánimo para la más joven de las ahora tres viudas.

Cuando terminaron sus respectivos platos de conejo a la mostaza, y se disponían a probar la tarta de manzana, Ada sacó de su bolso un sobre en blanco y lo colocó sutilmente en el centro de la mesa.

- Amigas ya que hemos terminado y estamos satisfechas por la deliciosa cena, creo que es prudente preguntarles, ¿quién me envío esto?.

Las otras dos contrariadas colocaron sendos sobres blancos encima de el que ya estaba en la mesa.

- Entonces ninguna fue. – dijo Ada sarcástica.

- Por lo que veo querida, también nos enviaron lo mismo. – dijo Camila - ¿Alguna idea de quién?, ¿o por qué?

- Dinero obviamente. – respondió Sandra – todo lo que pasa es por dinero ¿no?. Que mejor evidencia que nosotras.

Las tres soltaron unas risillas agudas. Camila se levantó silenciosa de la mesa para buscar una botella de coñac en la cocina, antes de continuar con la conversación. Al regresar lo sirvió en las tres pequeñas copas dispuestas en la mesa, se sentó, sonrió y preguntó:

- Entonces chicas, nos chantajean.

- Así parece. – dijo Ada antes de beber un sorbo del licor recién servido.

- Chicas, nadie sabe lo que hicimos. Así que, dejémonos de rodeos y cartas amenazadoras. ¿Quién de ustedes quiere el dinero? – preguntó Camila retadora.

- Camila, primero que todo: este coñac está delicioso querida – dijo Sandra -, ahora cálmate ¿sí?, las tres estamos pasando por lo mismo, las tres hemos pasado por lo mismo durante estos casi dos años. Y bueno, tarde o temprano esto ocurría, en el fondo lo sabíamos.

- Por algo nos mantenemos juntas Sandra, para protegernos.

- Camila, por favor. Admitámoslo. Desde que asesinamos a nuestros maridos, y somos millonarias, queremos más. Así es el dinero. Como dije, todo es por el dinero. Un crimen, y somos más ambiciosas que antes.

- ¿Eres tú? – Se preguntó Ada, tímidamente.

- Amor, debes comprender. Esta unión debe servir para algo, y estoy sacándole provecho. Ustedes solo denme los que les pido, amigas, y sus crímenes seguirán siendo un secreto.

- Tú también mataste a tu esposo.

- ¡Camila! No digas eso de mí. No somos asesinas, sólo, sólo queríamos una vida mejor. Y es lo que sigo queriendo. Mejorarla más aún.

- ¿Y si te delatamos nosotras primero? Todo esto es una jugada muy tonta Sandra.

- Créeme dulzura. Con tan solo mostrar indicios de querer soltar una palabra antes que yo, irán a acompañar a sus ancianos esposos. Tengo todo preparado.

- No lo creo… - dijo Camila sonriente.

Unos segundos después, la joven Ada y Sandra comenzaron a toser desgarradoramente. Sandra, se tomó y presionó de su garganta como si de ella fuese a brotar su interior. Ada miró a afligida a Camila, con lágrimas rodando por sus mejillas.

- Sandra, no iba a permitir que jugaras con la memoria de mi esposo, y todo lo que he hecho para estar donde estoy. Y tú, Ada, lo lamento, pero no podía correr riesgos. No sabía quien era la chantajista, así que tuve que decidirme por ambas. Ada, lo siento mucho.

Ada con la expresión angelical que su joven rostro naturalmente dibujaba se desplomó sobre la mesa boquiabierta. Sandra logró tumbar de un manotazo la botella de coñac envenenado antes de caer al suelo sufriendo espasmos antes de quedar inmóvil.

Camila se levantó de la mesa con una fina sonrisa entre sus blancas mejillas. Miró el reloj. Era aún temprano, tenía suficiente tiempo para deshacerse de los cuerpos antes de que la servidumbre llegara mañana por la mañana. Que suerte que era viernes.

I

La cabaña que decidió comprar para su ansiado retiro era, aunque modesta, cómoda, acogedora y tradicional. Constaba de una sala de estar con una rustica chimenea de piedras, perfecta para cuando en la montaña el frío reinaba. También había una cocina pequeña, un baño sencillo y dos habitaciones con vistas espectaculares, dibujadas por las constantes curvas montañosas

Quién le vendió la cabaña, no la habitaba. De hecho, nadie había residido el lugar desde hacía veinticinco años. Los últimos fueron una madre soltera junto a sus dos hijos, quienes, según los cuentos del pueblo, murieron en la época aquella en que los grupos saqueadores de los valles subían a robar y matar en el poblado. Tiempos negros aquellos.

A pesar de los años que la casa pasó sin cuidados, se encontraba en un aceptable estado. Tal vez por el clima frío o por suerte del destino.

La perfección se rompió cuando notó que desde su mudanza, todas las noches sin excepción, escuchaba fuertes ruidos en la cocina que interrumpían su sueño y le causaban conmoción.

Posiblemente los generadores de los ruidos eran ratas en busca de alimento, porque todas las mañanas, la cocina se encontraba hecha un desastre, con tazas y platos rotos en suelo. Pero la teoría de los roedores se derrumbó cuando al colocar veneno para las plagas, este nunca desapareció y los ruidos nocturnos continuaron perturbándolo.

Nunca consideró la posibilidad de levantarse de la cama para descubrir cual era el causante del desastre y los ruidos constantes. Era de madrugada, y lo último que quería era tener que alejarse de su reconfortante cama. Pero una noche, cuando el ruido fue ya insoportable tuvo que hacerlo. Cubriéndose con una sábana y tanteando para no tropezar ante lo que la luz de la luna alumbraba a través de las ventanas, se acercó a la puerta de su habitación, la abrió un poco, y asomó su mirada con reojo.

Lo que la poca luz le permitía ver lo aterrorizó. Parecía un niño revisando desesperadamente los estantes de la cocina.

La borrosa silueta dibujada por sombras y luces azules giró su cabeza hacia él, y al notar que lo veía se desvaneció en la oscuridad con gran agilidad. Había visto el fantasma de un niño en la cocina de su casa.

II

Los ruidos continuaron repitiéndose todos los días por la madrugada. El temor de ver de nuevo aquella sombra lo hizo mantenerse refugiado en su cuarto, con la puerta cerrada con llave, en su cama, resguardado por sus propios brazos y sábanas, mientras rezaba.

Pero esto debía acabar. No podía soportar la idea de que un espíritu estuviese en su casa, revisando sus estantes e impidiéndole descansar por el terror que la idea le causaba. Y aunque no creía en eso, tuvo que acudir a cuestiones de brujos y brujerías para resolver el sobrenatural problema.

En el pequeño pueblo montañoso solo había una bruja que según los cuentos se acercaba al centeno. Se notaba recia y enérgica, sabía y astuta, vieja y grotesca. El asunto del niño fantasma en la cocina, la inquietó tanto que hizo que la llevase a la cabaña para inspeccionarla por sí mismo. Silenciosa examinó todo el lugar con la vista y palpó algunas paredes con sus arrugadas manos. Tambaleándose recorrió la casa y se detuvo en la cocina, cerró los ojos y permaneció callada varios segundos.

La bruja asintió, y en voz alta afirmó que algo extraño había allí dentro, algo rondaba y que su presencia era sensorial. Con aires de sabihonda le contó viejas historias de animales muertos encontrados alrededor de esa misma cabaña, una constante que duró años. Las habladurías de pueblo achacaban el suceso a criaturas del bosque, cosas del monte, pero no, ella sabía que el fantasma de niño tenía que ver con eso. La cabaña estaba embrujada, lo sentía en el viento.

La anciana emocionada le tomó la mano con la fuerza que una vieja como esa no podría tener. El fantasma, tal como el le había dicho, era de un niño, le recalcó. Uno que de hambre su vida había sido apagada hace añadas, gracias a los castigos de su madre desalmada, por allá, en los tiempos de atropellos y asaltos de bandidos en el pueblo. Tiempos negros aquellos.

Para librarse del alma en pena que vagaba en su hogar, le recomendó colocar un puñado de caramelos en una bolsa roja, que debía lanzar a la sombra cuando la viese por la cocina andar. Según la anciana y su teoría, con este gesto, el ente del niño entendería que este no era ya su mundo y que debía irse con los del suyo.

… Aquella misma noche esperó con bolsa roja en mano ansioso. Lenta y temblorosamente salió de su habitación de puntillas, justo cuando los estrépitos comenzaron, y avanzó lo su valentía le permitió hasta la cocina, donde vio la sombra moviéndose lentamente, y le lanzó la bolsa torpemente.

Esperando que la bolsa atravesará la oscura figura, esta golpeó la parte superior de la silueta que la luz de la luna trazaba. El golpe hizo voltear a la sombra hacía su atacante y, como asuntada, trató de huir corriendo torpemente por entre los pasillos de la cabaña.

Inesperadamente, una ráfaga más de curiosidad que de valentía, le permitió perseguir a la sombra. Corrió tras la silueta que desaparecía entre los trozos de oscuridad que la noche, la luna, y las paredes creaban. La persiguió hasta que ambos llegaron a la sala, donde vio cómo la sombra se adentró a la chimenea, donde pareció quedarse atorada.

Curioso y tembloroso se acercó a la sombra, que no era ni un fantasma, ni un niño. No, definitivamente no era nada de eso. La criatura pataleaba o manoteaba, pues no sabía si movía piernas o patas. Tanteó rápidamente las paredes en busca del interruptor de luz, lo encontró, lo encendió y vio.

Era un pequeño hombre agachado dentro de la chimenea, enano, jorobado, con gran parte de su cuerpo cubierto de pelos, vestido con una franela y un pantalón que le quedaban pequeños, rotos y percudidos.

Perplejo, vio como aquella persona logró zafarse de su apuro y entro por un agujero dentro de la chimenea. Después de presenciar esto, descubrió y entendió lo demás.

III

Descubrió que detrás de la chimenea había un pequeño cuarto escondido al que solo se podía acceder entrando por el estrecho agujero tapizado por rocas movibles. Ese pequeño hombre que vio había vivido ahí por años. Alejado del tiempo y la sociedad. No sabía hablar pero entendía algunos gestos.

Durante años, en las noches, escapaba de su escondite para buscar alimento y sobrevivir.

Luego descifró con ayuda de otras personas del pueblo, que el salvaje hombrecillo era uno de los hijos de la mujer que vivió hace años en esa casa, quien escondió a su hijo pequeño detrás de la chimenea para protegerlo antes de morir a manos del ejercito del general dictador que masacró en aquellos tiempos, en su propia casa, a miles de familias.



Paúl soltó su manotada contra la cara arrugada del anciano amarrado de manos y pies a la tambaleante silla, mientras lo maldecía.

El anciano recibía los golpes, cachetadas e insultos tembloroso en el asiento del cual era prisionero. Cerrando sus ojos, pensando en sus decisiones, sus consecuencias, en el instante.

- Creíste… creíste que todo sería tan sencillo. Abandonarlo todo porque te daba la gana, viejo insensato, ¡Creíste que todo sería tan fácil, viejo maldito! – gritó como preámbulo a la cachetada que dejó esta vez de un tono púrpura la ya rojiza dermis del viejo.

Luís bajó las escaleras para asegurarle que todo estaba despejado. Nadie estaba allí. Ni los hijos bastardos, ni la señora. Estaban solos con el viejo, y lo estarían por mucho tiempo al parecer. Luego, se dedico a observar la tortura.

- ¿No tienes nada que decir? – le preguntó arrogante Paúl.

El viejo cabizbajo no tenia las fuerzas para confrontar las miradas de los jóvenes, ni de responderles, ni de negar ni afirmar. No tenia fuerzas, no tenia ganas de nada. Trataba de entenderlos.

- ¡No dirás nada viejo maldito! – espetó Luís que se mantuvo callado a las espaldas del anciano. Empujado por la repentinas fuerza de la ira se posó al frente y tomó entre sus dedos los grises y sudados cabellos del viejo, jalándolos y haciendo ascender la mirada tambaleante de aquél. Le repitió la pregunta.

- Creíste que seriamos como los otros pendejos, que se creen fuertes y siguen adelante triunfantes ¿verdad?. Pues no. Fuimos mucho más. –comenzó su discurso Paúl- Lloramos cuando no estabas, desgraciado, cuando todos se reunían y celebraban en las fiestas de la escuela, los domingos días del padre, nuestros cumpleaños donde no estabas, esos días te teníamos en mente, como a un demonio que no nos dejaba en paz, que no nos abandonaba, aunque así fue en realidad. Tu estuviste cuando no lo estabas, convirtiendo cada momento nuestro en una tortura, haciéndonos sufrir como no imaginas, tuvimos que trabajar, sacrificarnos, esforzarnos para ayudar a mamá quien lloró tanto o más que nosotros. Maldito viejo. ¿Crees que estamos aquí por tus respuestas?, no las necesitamos, no las queremos porque sabemos las malditas razones porque te fuiste, y son tan absurdas como lo eres tú ahora. Ya es hora de que conozcas las consecuencias de tus actos, ¿Dónde quedaron tus impulsos de hombre macho?. Recibirás lo que creemos te mereces, así como tú decidiste lo que nosotros merecíamos al dejarnos…

El viejo padre de los dos muchachos que lo observaban con rabia y extraños sentimientos encontrados, abrió la boca para soltar algunas palabras, pero solo brotó silencio, que empeoró la resequedad de su lengua y garganta. Sus ojos humedecidos y adoloridos lograron ver a los jóvenes moverse rápidamente por el sótano, corriendo y susurrando. Su nariz rota no hacia mas que oler la sangre seca y pastosa que continuaba en sus cavidades… escuchó cerrarse la puerta del sótano, y el silencio que sus hijos habían dejado tras su ida. Se calmó por un instante. Respiró profundamente por la boca para retomar un poco de aire, y tranquilidad. Tosió tres veces fuertemente.

Finalmente, luego de la golpiza, de sus hijos, de su vida, comenzaba a sentir la paz del momento, la paz que el calor traía a su cuerpo, que las llamas generaban al quemar su piel, que el fuego cocinaba en vida complaciéndolo.

… y sus cenizas quedaron esparcidas como el odio por él, en ese sótano de fuego.


El expediente de crónicas criminales está abierto desde ahora.

A partir de este momento, los cadáveres, las manchas de sangre, las huellas dactilares y los pasos marcados en el charco del patio trasero de la casa abandonada comenzarán a contar sus historias.

Los criminales están sueltos, y sus crímenes son estos...


    Crónica Criminal es un expediente abierto de relatos cortos de ficción basados en el crimen y el misterio.

    Alguien siempre lo hará: engañará, mentirá, traicionará y matará, pero ¿cómo y por qué lo hacen? He aqui varias tramas que desenmarañan estos secretos.

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